Cuento ambiental #4

Cuento ambiental #4

Un cordero Brownie: Una visión sistemática del mundo

Un sistema puede abarcar algo tan intangible como las arraigadas costumbres de un cordero. Este relato sobre una intervención sistemática fue escrito en 1992 por Donella Meadows escritora, ex moderadora sistemática, biofísica y profesora del Darlmouth College. Al principio, Donella y sus colaboradores, Sylvia y Don, lucharán contra el sistema pero gradualmente aprendieron a trabajar con él, al fin todo se decidió mediante la paciencia ante una demora.

Nuestra oveja Brownie fue la última en parir este año. Los corderos nacen poco desarrollados y carecen de experiencia, así que es preciso observarlos con atención. Brownie logró parir el cordero sin ayuda, pero no sabía qué hacer con él. Ni siquiera lo reconocía como propio.

Hay un momento milagroso después del nacimiento, cuando la oveja lame al cordero para secarlo y estimularle la circulación, y produce también un fuerte vínculo químico. La oveja emite un arrullo suave que no hace en ninguna ocasión. El cordero responde con balidos, En ese momento se enamoran totalmente. Pueden identificarse mediante el olfato y el sonido, aún en un corral atestado de ovejas y corderos. Después de esa mágica vinculación, la oveja ahuyenta a los demás corderos, y sólo queda satisfecha cuando sabe que su precioso hijo está junto a ella.

Por alguna razón la química falló con Brownie. Sylvia descubrió que el cordero aún estaba parcialmente envuelto en su saco amniótico, y Brownie corría alocadamente por el corral sabiendo que había perdido algo, aunque sin saber por qué. He visto episodios similares, especialmente con añojos, y el resultado es un cordero abandonado. Tenemos que adaptar y amamantar al pequeño con biberón cada tres o cuatro días, día y noche. Los corderos abandonados son conmovedores porque se identifican con las personas, no con las ovejas, y las sigue sin cesar. Pero con el tiempo los corderos abandonados presentan problemas de desarrollo, por mucho que se los cuide. Las ovejas son mejores mamás que las personas para los corderos.

Sylvia y Don sabían que era esencial que el cordero ingiriese el calostro, la leche rica e anticuerpos, así que llevaron a Brownie a un pesebre- Como es molesto ordeñar una oveja a mano (tienen ubres tan pequeñas que hay que hacerlo con tres dedos  se tarda una eternidad), armaron un puntual provisorio, de modo que Brownie quedó sujeta y de pie. El cordero podía alimentarse sin que ella lo ahuyentara, El cordero era fuerte y agresivo y aprovechó las circunstancias. Cuando llegué a la casa, veinticuatro horas después, el vientre del pequeño recién nacido estaba hinchado, y el cordero estaba eufórico. Brownie estaba enfurruñada, pero el cordero había tenido un buen comienzo.

Dejamos suelta a Brownie, con la esperanza de que se adaptara a su bebé. Pero ella lo echó una ojeada al cordero y lo tumbó. Es descorazonador ver una oveja que tumba a su hijito. La criaturilla se acerca a su madre con entusiasmo, y ella lo arroja contra la pared del establo. Lo intenta de nuevo y recibe otro empellón. No podíamos dejar que las cosas siguieran así. Yo estaba dispuesta a rendirme, cuando Don tuvo una idea brillante. “Saquémosla del pesebre y Llevémosla con las demás ovejas”- Repliqué que con eso no cambiaríamos nada, pero no quedaban muchas posibilidades, así que cogí el cordero y dejamos suelta a Brownie.

Ella regresó al lugar donde había nacido el cordero y se puso a buscarlo. Dejamos al cordero en el suelo, en ese sitio. Ella se alejó y siguió buscando, pero el astuto corderillo logró meterse entre las patas y succionar un poco más. El cordero estaba vinculado con la madre, y se estaba alimentando, así retrocedimos mirando ansiosamente.

Durante un día la tonta de Brownie registró el establo llamando con balidos al cordero perdido, mientras el cordero perdido la seguía sin cesar. Era frustrante, como buscar una felicidad que está muy cerca si uno sabe encontrarla. En algún momento, la mágica señal química se activó, cuarenta y ocho horas después del parto. Yo no sabía que fuera posible. A la mañana siguiente Brownie había dejado de quejarse y mimaba a su cordero, que se fortalecía a ojos vistas.

Autor: Donella Meadows

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